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Conectados en red

Quizá la escritura no sea más que una herramienta de nuestro cerebro o el arma de doble filo del alma…


Bosquejaba y volvía a redactar como un ejercicio de estilo al modo cíclico e incansable en que los niños juegan sus juegos, donde no se está terminando que ya se vuelve a empezar, porque le urgía enviar el mensaje… aunque, claro, lo temía. Al fin y al cabo… no se conocían, ¿a qué esperar establecer ningún contacto? Ella sólo conocía sus propios suspiros y la imagen del hombre que ellos recortaban contra el viento de sus sueños. De él, en realidad, de él y su conducta, de él y su carácter, de él y sus ideales, de ese hombre vivo detrás del espectáculo ella no sabía nada. Sin embargo, apenas si reparaba en ello: le urgía enviar un mensaje sin pretensiones, sólo para establecer el primer contacto… porque en una de ésas y no estaba equivocada cuando lo imaginaba como un hombre tan común como ella misma era…, en una de ésas y hasta se humanizaban juntos a partir de las palabras cruzadas…
La realidad ahora le ofrecía tres alternativas: ser una mujer detrás de la cortina pero observando a quienes no podían verla; mostrarse al mundo (y burlarlo, de paso) declarando abiertamente no querer ocuparse de nada ni nadie más que de sus asuntos y persona; o… darle la cara a ese universo con la candidez de quien no le teme al temor por mucho tiempo.
Optó por la última, seleccionó la opción Disponible y llegó a este punto.
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Gabriela Álvarez